jueves, 30 de septiembre de 2010

Enfoque de riesgos en zonas urbanas - Federación Internacional de asociaciones de la Cruz Roja y la Media Luna Roja

El pasado día 21 de septiembre la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja lanzó el Informe Mundial de Desastres 2010 bajo el título “Enfoque en el riesgo en zonas urbanas”.
Publicación anual desde 1993, el Informe Mundial sobre Desastres recoge los últimos hechos, análisis y tendencias de las crisis contemporáneas, ya sean repentinas o crónicas, “naturales” o provocadas por el ser humano.

Los temas tratados en esta edición son:
  •  Evitar la urbanización de los desastres
  • La tendencia de los desastres en las zonas urbanas
  • Empezar de cero: derechos de las comunidades y respuesta al desastre
  • La violencia urbana
  • El riesgo para la salud en las zonas urbanas
  • La urbanización y el riesgo del cambio climático
  • La gobernanza urbana y la reducción del riesgo de desastres

 Asimismo y, como tema de opinión aparece este artículo
¿Las zonas urbanas son las nuevas zonas rurales?

Por vez primera en la historia de la humanidad, más personas viven en entornos urbanos que en entornos rurales y, tan solo dentro de 20 años, más del 60% de la población mundial vivirá en ciudades.
Una minoría privilegiada vivirá en lugares como Torino, Tokio o Toronto donde en caso de incendio o inundación de la vivienda se puede pedir ayuda de emergencia y esperar que el seguro reembolse. Probablemente, cada uno tendrá su propio espacio dentro de la casa o el apartamento con agua corriente que también está conectado al sistema de alcantarillado y en el barrio también se recolecta la basura.
En los hogares de los barrios marginales no hay nada de eso; ni siquiera abastecimiento agua o saneamiento. El espacio de vida es estrecho y fue construido con materiales de mala calidad. Además, los habitantes carecen de seguridad de la tenencia.
En un barrio marginal, su vivienda puede incendiarse a ojos vista porque el gobierno municipal no presta servicios de emergencia en asentamientos “ilegales” e incluso, cuando lo hace, probablemente no haya vías de acceso. Sus hijos tienen muchas más probabilidades de contraer enfermedades porque no hay sistema de drenaje de las aguas de las inundaciones y nadie limpiará la basura de las calles.
Las vivencia infantiles del Presidente de Brasil Lula da Silva que se citan en la edición de este año del Informe Mundial sobre Desastres son bastante típicas para los 1.000 millones de personas que actualmente viven en los barrios marginales de las ciudades.
“Cuando mi casa se inundaba, más de una vez me levantaba a medianoche y me encontraba con los pies en el agua; cucarachas y ratas se disputaban el espacio y varios objetos flotaban en torno a la sala de estar… Cada vez que llovía, solíamos clavar otra pieza de madera a través del marco de la puerta y echar otra carretada de tierra para reforzar la barricada. Pero el nivel del agua la superaba y las autoridades nunca hicieron nada.”
La verdadera crisis de la reducción del riesgo de desastres gira en torno a la denominada “brecha de la vulnerabilidad” en aquellos entornos urbanas donde en muchos casos, las autoridades no cuentan con la financiación, los conocimientos y la voluntad que hacen falta para asegurar el buen funcionamiento del entorno y las comunidades disponen de pocos recursos y no tienen influencia política.
Muchas de las 50.000 personas que pueden perecer en un año excepcional de terremotos, o la mayoría de los 100 millones de personas que cada año pueden esperarse que las inundaciones pongan su vida patas arriba viven en la miseria en lugares peligrosos donde no hay estructura alguna de reducción de peligros ni ningún servicio.
Habida cuenta del enorme déficit de infraestructura y servicios que ya existe en América Latina, África y Asia, la brecha de riesgo urbano está inevitablemente llamada a aumentar a medida que el cambio climático traiga aparejados desastres que tengan consecuencias todavía más graves en algunas de las zonas más vulnerables del mundo. Millones de personas quedarán regularmente varadas en los tejados de ciudades como Dacca disputándose el espacio con las serpientes. En Alejandría, Egipto, un aumento de 50 centímetros del nivel del mar dejará sin techo a 2.000.000 de personas.
La mayor parte del crecimiento demográfico en los próximos decenios se registrará en ciudades de países de bajos y medianos ingresos. Esa expansión urbana provocará más desastres debido a la incapacidad de los gobiernos, así como de muchos de los mayores organismos internacionales y ONG de adaptarse a la realidad de la urbanización.
La verdad es que demasiados organismos de ayuda no cuentan con políticas urbanas y son lentos en modificar el enfoque para pasar del desarrollo rural, que sigue siendo muy esencial, a encontrar medios de apoyar mejor a las comunidades urbanas vulnerables.
Uno de los grandes retos del siglo XXI para la comunidad de la ayuda humanitaria reside en aprender a trabajar con quienes no tienen títulos de propiedad, no aparecen en ningún registro ni en ninguna lista, están indocumentados y viven en los cinturones de nuestras ciudades en planicies de aluvión y zonas de actividad sísmica como en el caso de Managua y Estambul.
El desalojo forzoso es una amenaza constante para los pobres de zonas urbanas que viven de generación en generación sin seguridad de la tenencia. Cuando sobrevienen los desastres y lo pierden todo, a menudo, suelen estar al final de la fila cuando llega la hora de reconstruir viviendas.
Afortunadamente, hay algunos ejemplos de la manera en que una buena gobernanza urbana puede apoyar a las comunidades en proyectos de mejoramiento de barrios marginales que propician la reducción del riesgo de desastres. En Tailandia, por ejemplo, el Instituto de Desarrollo de Organizaciones Comunitarias canalizó fondos del gobierno para el mejoramiento de barrios marginales del que se beneficiaron más de 2.000.000 de hogares en los 18 últimos años, logro impresionante se mida por donde se mida.
Gran parte de la futura orientación de la ayuda en contextos urbanos dependerá del éxito o el fracaso del enorme compromiso humanitario y político con Haití tras el catastrófico terremoto del pasado mes de enero. De los escombros de Puerto Príncipe debe nacer un método universal de trabajo con los pobres de zonas urbanas que asegure que después de un desastre se volverá a construir mejor tratando por igual a propietarios, inquilinos y moradores informales y poniendo el énfasis en la seguridad de la tenencia.
Si se adopta ampliamente, dicho método será un enorme aporte a la gestión del riesgo y un buen primer paso para motivar a aquellas comunidades que se encuentran en primera línea de las zonas de desastres del mundo entero a fin de que concentren sus energías en la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático.
 
Podéis encontrar más información en:

http://www.ifrc.org/sp/publicat/wdr2010/summaries.asp

Fotografías: IFRC

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