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viernes, 7 de octubre de 2011

París y la venganza de los pobres - Del tirador a la ciudad

Excelente post del blog de Anatxu Zabalbeascoa en El Pais " Del tirador a la ciudad"

Así, por las páginas de París en tensión, urbanismo e insurrección en la ciudad de la luz (Errata Naturae) aparecen el paso de una ciudad iluminada por lámparas de aceite a una urbe en la que el gas lleva luz a los bulevares o la evolución de la Avenida de los Campos Elíseos que “evoca la sección de duty free de un aeropuerto internacional”. No todo es cruda actualidad. También hay referencias a acciones ciudadanas pasadas, como cuando, tras una epidemia que dejó diezmados a los habitantes de la calle de la Mortellerie, en 1835, estos se negaron a seguir viviendo en una calle cuyo nombre comenzase por “Mort” y así, cambiaron el nombre por el de Hôtel-de-Ville, que es el que conserva hoy.
Pero, más allá de la ciudad y su cambio continuo, el verdadero protagonista del ensayo de Hazan son las revueltas que en su opinión actúan más de termostato de los cambios que de detonantes de los mismos: “Tengo la convicción de que París sigue siendo lo que ha sido durante más de dos siglos: el gran campo de batalla de la guerra civil en Francia entre aristócratas y sans–culottes –poco importan los nombres que les podamos dar hoy-“.
Así, a pesar de que “la burguesía intenta desde siempre mantener la ilusión del ‘juntos de la mano’”, la realidad es que la ciudad se ha desarrollado en capas concéntricas, como una cebolla, al ritmo de sus sucesivas murallas. Y ahora está cerrada sobre sí misma aunque trata de abrirse. “La renovación, como ellos la llaman, empuja a los pobres un poco más allá de la circunvalación”, pero esos empujones no son nuevos. Desde que el Gran Encierro de 1657 hizo desaparecer los pobres, los marginales y los locos del Hospital General, “la acción conjunta de urbanistas promotores y policías no ha cesado de empujar a los pobres, las ‘clases peligrosas’, cada vez más lejos del centro”, cuenta. El resultado es un centro actual ficticio pero real: el París de los turistas, los lofts y los restaurantes de moda. ¿Alguien encuentra un aire de familia en esa descripción?
¿Cuándo fueron expulsados del centro los obreros, los traperos y los mendigos? Se suele atribuir ese cambio al urbanismo de Haussmann, durante el Segundo Imperio (1859), pero Hazan lo ubica en los años 60 del siglo XX: “Tras la brutal modernización del viejo capitalismo francés, la especulación urbanística tomó un nuevo rumbo. La industria desapareció de París: era más rentable construir viviendas burguesas donde hubo viejos talleres. Y todos los barrios del centro fueron sometidos a un proceso de expulsión-renovación-realojo”. París se adelantó así a la gentrificación que caracteriza hoy el centro de las viejas grandes ciudades. Así, el “valle de arroyos negros de barro“ del que Balzac hablaba en la primera página de Papá Goriot se ha convertido en “un barrio peatonal de provincias o una Disneylandia para turistas cultos” a los ojos de Hazan.
Con una historia de revueltas detrás, al escritor le llama la atención que este último cambio haya sido silencioso. “La purificación étnica y de clase se ha producido tranquilamente, sin otra violencia que, silenciosa y despiadada, la renovación urbana y la subida de los alquileres”. Así, Hazan advierte: “La enfermedad que esta ciudad se arriesga a contraer es la del apartheid”. Y aunque anota también el aburguesamiento de los barrios pobres, carga contra urbanistas y fuerzas de seguridad, “demasiado incultos para saber que el viejo sueño de encerrar París y vaciarlo de sus pobres, delincuentes, locos y extranjeros casi siempre acaba en una reacción violenta”. La realidad negada siempre acaba por vengarse.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Segundo de Chomón: Burgos (1911)

¡Menudo video de Burgos hace cuatro días!

viernes, 12 de febrero de 2010

El taimado arte de destruir ciudades

La ciudad es un modelo particularmente revolucionario de asentamiento humano aparecida por primera vez durante el IV milenio a.C. en la Mesopotamia. El verdadero Edén fue una ciudad, no un jardín. Allí nacieron la escritura, la contabilidad, las ciencias, las artes y la verdadera democracia; las ideas de libertad y revolución, la sexualidad no convencional, la poesía, la historia y la filosofía; pero también, la burocracia, las jerarquías, las clases, los ejércitos regulares y el dinero.
Pausanias rehusaba llamar ciudad a los agregados construidos sin plaza ni edificios públicos, es decir, sin espacio público, sin un lugar de participación e intervención directa de las ciudadanía, sin un terreno para la política comunitaria (política viene de polis, ciudad en griego). En efecto, en la ciudad, gobierno, justicia, fiesta, mercado, teatro, pensamiento, ceremonial y pedagogía, o sea, todas las actividades consideradas públicas, transcurrían al aire libre o en lugares abiertos. Sus límites estaban perfectamente definidos por un recinto urbano protegido por fosos y murallas.
Existía una clara distinción entre la ciudad, la forma excepcional de un espacio habitado, y la no ciudad, el campo, la forma habitual. Conservando tales criterios, ninguna urbe conocida hoy en día podría considerarse ciudad, puesto que ninguna dispone de espacios públicos. Las rotondas han substituido a las plazas vacías y las zonas verdes a los jardines públicos, testimonios de un pasado sobre el que se hizo, teórica y prácticamente, tabla rasa, mientras que sucesivas autopistas periféricas marcaban la frontera momentánea a rebasar por una ininterrumpida oleada urbanizadora.
La urbe totalitaria surge de la destrucción y de la fagocitación del espacio rural; no se distingue de su entorno sino por la densidad edificatoria, siempre en aumento; no tiene puertas ni límites, sólo cinturones viarios con muchos carriles, verdaderos tentáculos mediante los cuales aquella envuelve a todo el territorio en un abrazo letal. A la variedad y originalidad de las calles y las plazas de la ciudad tradicional, opone la vulgaridad y monotonía de las barriadas yuxtapuestas. A la belleza de sus arquitecturas que manifiestan un amor a la vida y a todo lo humano, la urbe sobrepone la monstruosidad de monumentos que pretenden simbolizar el progreso y la modernidad. Las decisiones que conciernen a sus habitantes son tomadas en espacios bien cerrados, por no decir blindados, a menudo privados, defendidos por esbirros y telecámaras. Nada ocurre gratuitamente, ni siquiera los grandes espectáculos deportivo-culturales que jalonan las etapas urbanizadoras: los accesos son de pago, siempre hay que comprar entrada.
La vida cotidiana transcurre o bien dentro de un vehículo, o bien en una casa dormitorio bunkerizada. Si la muerte en la ciudad había siempre acarreado una manifestación de duelo público, en la urbe totalitaria es un asunto privado sin importancia que no concierne más que al difunto. Vida y muerte son tan semejantes que apenas pueden distinguirse. La insensibilidad general es el resultado: los muertos vivientes no se preocupan ni de los sufrimientos ajenos, ni del aire que respiran.
En el marco de una expansión infinita, el territorio rural pierde su patrimonio histórico, sus leyes propias, sus tradiciones locales y sus señas de identidad, para convertirse en satélite amorfo de la conurbación central. En realidad es un territorio considerado edificable, residencial, zona logísitica o lugar de paso; en suma, una prolongación de la urbe a la que trasladar sus penosas condiciones de supervivencia y su manera especial de entender el progreso: carestía, consumismo, atascos, insalubridad, neurosis, ruidos, contaminación y comida industrial. No será ya el amor a la libertad, la solidaridad o la vindicta de clase lo que podrá caracterizar al habitante, sino las virtudes del ciudadano moderno, a saber, el miedo al prójimo, el odio racial y la manipulabilidad, condiciones políticas fascistas. En realidad el territorio podría definirse como el espacio intersticial entre dos conurbaciones, y como tal, destinado a suprimirse mediante las infraestructuras de circulación rápida y la concentración de la población dispersa.
El territorio racionalmente ocupado, es decir, con densidad de población baja, ideal para la forma de vida rural, es inviable para la economía capitalista. Se han hecho números y la vida en el campo resulta parca en ganancias monetarias; hay que concentrar a sus habitantes alrededor de un centro comercial y de ocio, encerrarlos en sus casas y enchufarles la tele. Podrá ser malo para los habitantes, pero es bueno para la especulación inmobiliaria, la motorización y el negocio turístico; por lo tanto, bueno para la economía, que es quien a la postre decide.
El verdadero urbanismo surge con la revolución industrial. A lo largo de la historia la ciudad había padecido los embates de poderes totalitarios, pero nunca sus elementos habían quedado atrapados en una relación social abstracta, nunca habían sido mediatizados completamente por cosas, fuesen mercancías, trabajo o dinero. Eso empezó a ocurrir con el ascenso de la burguesía al poder. Si el primer urbanismo burgués proclamó la ciudad como lugar privilegiado para la acumulación del capital, solamente cuando esa función fue declarada única podemos hablar de totalitarismo. De un dominio formal del capital se pasó a un dominio real. He llamado a esa fase urbanismo desarrollista, pues en esa etapa histórica que preludia a la urbe fascista, queda fijada la prioridad del crecimiento económico y urbano por encima de cualquier otra consideración. Tal propósito vino sellado por un pacto social entre los capitostes políticos, los empresarios nacionales y los dirigentes sindicales que proporcionó treinta años gloriosos de beneficios y transformó a las clases peligrosas en masas domesticadas.
Las grandes familias burguesas cedieron el mando a mánagers y cuadros ejecutivos. De una sociedad de productores se pasó a una sociedad de consumidores; de una economía industrial, a otra de servicios; de un capitalismo nacional tutelado por el Estado a un capitalismo global dirigido por las altas finanzas. El desarrollismo urbano es un periodo de transición que debuta con la aniquilación de la agricultura campesina y finaliza con la crisis de la industria. A partir de ese momento todos los problemas serán reducidos a su dimensión técnica, especialmente los urbanísticos. En adelante, la política, la economía, el derecho y la moral carecerán de autonomía, y sólo podrán ser abordadas desde la técnica, en nombre del progreso y del futuro entendidos, claro está, como progreso y futuro técnicos.
Cuando la tecnología se sobrepone a cualquier discurso ideológico y ocupa una posición central, todas las cuestiones se resuelven partiendo de ella. La modernización tecnológica será la clave para superar todos los obstáculos y el criterio fundamental de la verdad modernizada. Y por el contrario, oponerse a ella definirá al enemigo social, al reaccionario, al “antisistema”. La libertad existe en una sola dirección, la de la técnica: cualquiera puede ser libre para comprar un coche y tiene derecho a la velocidad; la lentitud y el caminar son actos subversivos. La técnica no es neutral; es instrumento y arma, y en calidad de tales, sirve a quien posee su secreto, a quien enchufa o desenchufa, a quien decide su aplicación. O sea, sirve al poder dominante, al poder de la dominación. Es el matrimonio con el capital lo que la ha puesto al servicio de la opresión, determinando tanto su evolución y desarrollo, como su devenir religioso. La técnica es a la vez condición de existencia y religión de las masas despolitizadas, amaestradas y asustadas. Alcanzado este estadio, la técnica ya es totalitaria. No ya porque abarque la totalidad de la vida, sino porque arrasa con todo. No reconoce límites, puesto que no reconoce la supremacía de lo humano. La misma limitación de los recursos, de la nocividad del ambiente o la degradación de la vida, sirve de estímulo. Hay soluciones técnicas para todo, y no caben otras.
Para el caso que nos ocupa, el urbanismo totalitario, diríamos que es tecnicista, sigue las leyes y los principios de la tecnología, e igual que ella, funciona destruyendo todo lo precedente para reconstruirlo de nuevo a cada innovación. Bajo la dictadura de la tecnología no es que el trabajo se haga precario: la misma existencia se vuelve precaria. Una vez liquidado el proletariado de las fábricas, las fuerzas productivas, ya eminentemente técnicas, son en esencia fuerzas destructivas. El urbanismo, también lo es. El crecimiento económico, que no puede apoyarse más que en medios técnicos, impone gracias a la maquinaria urbanizadora, un estado de guerra permanente contra el territorio y sus habitantes. Por eso los arquitectos y urbanistas habrán de ser juzgados como criminales de guerra. Por eso quienes tratan de contemporizar y aceptan una destrucción negociada acaban traicionando la buena causa del territorio. La lucha antidesarrollista y en defensa del territorio es la única que plantea la cuestión social en su totalidad, puesto que más que nunca es una lucha por la vida. Es la lucha de clases del siglo XXI. No se entiende esa lucha en armonía con un modelo capitalista no cuestionado, es inconcebible fuera del horizonte de la desurbanización y la autogestión territorial. Sólo en los escenarios donde transcurren los combates contra la barbarie urbanizadora podrán soplar los aires de libertad que fueron expulsados de las primitivas ciudades y podrá resurgir las fecundas maneras vitales que caracterizaron la cultura agraria. Hic Rhodus, hic salta!

Elaborado a partir de las charlas, debates y entrevistas ocurridos el 7, 8 y 9 de enero de 2010 en Radio Black Out, en la Librería Calusca de Milán, en la sala Pasquale Cavaliere de Turín, y en la Ex Pescheria de Avigliana (Val Susa).


Miguel Amorós.

viernes, 29 de enero de 2010

Ni pueblos ni ciudades, colonias

Esperanza Nieto tuvo que cumplir los 14 años para poder comenzar a trabajar como mechera en la colonia Sedó de Esparreguerra, donde su familia, de Almería, se había instalado antes de que ella naciera. De las cuatro de la madrugada a las dos de la tarde, cinco días a la semana, Esperanza era una de las muchas mujeres encargadas de que la fibra no se rompiera y pasara paralela por la máquina para que el hilo fuera más suave. Al cabo de unos años, además, empezó a hacer las faenas domésticas en casa del encargado. "Salíamos de casa toda la familia, mi padre y mis cuatro hermanos, antes de que la sirena anunciara el cambio de turno", asegura Esperanza. "Mi hermana era anudadora, mi padre y mis hermanos descargaban balas de algodón y yo estaba de pie 10 horas al día delante de la máquina, con mucho calor incluso en invierno", afirma. Pese a todo, Esperanza asegura con nostalgia: "Sólo tengo buenos recuerdos, por el buen ambiente que allí había y el compañerismo. Eso ya no volverá".
Las colonia Sedó de Esparreguera, donde Esperanza trabajó cerca de 20 años, es un conjunto de edificios -fábrica, vivienda e iglesia- situados junto a un río. Un modelo que se repitió en muchos otros lugares desde la mitad del siglo XIX en Cataluña y dio ejemplos como la colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló (Baix Llobregat), L'Ametlla de Merola, Cal Vidal y Cal Pons en Puig-reig y la colonia Borgonyà en Sant Vicenç de Torelló (Osona). Sobre ellas y muchas más el Museo de Historia de Cataluña (MHC) ha inaugurado la exposición Colonies Industriales, en la que analiza el mundo de estos recintos, pieza fundamental de la industrialización de Cataluña, su organización y funcionamiento, y las iniciativas actuales para devolverles la actividad bien como uso residencial o como centro cultural de interés histórico y patrimonial.
La colonia no es un invento catalán. Nació en Inglaterra durante la Revolución Industrial, a finales del siglo XVIII, pero en Cataluña el fenómeno destaca por su elevado número y concentración: 102 -si se cuentan los barrios industriales y las fábricas de río-, según el inventario que han establecido los comisarios de la exposición del MHC, el historiador Carles Enrech y el periodista Xavier Martí. Para Enrech, la ubicación junto a ríos como el Llobregat -"el más aprovechado del mundo", según el geógrafo francés Pierre Deffontaines- y el Ter se debió "a la utilización de la energía hidráulica necesaria para mover los telares y la facilidad para acceder a las minas que estaban en la cabecera de estos ríos".
Las colonias, aunque diferentes una de otras, compartían un mismo urbanismo: un espacio de producción donde estaba la fábrica y otro doméstico donde vivían los trabajadores y estaban los servicios que necesitaban: tienda, guardería, escuela, dispensario, casino y economato. Y en la parte más alta, la casa del dueño -donde pasaba cortas temporadas- y la iglesia. "Una estructura escalonada que reproducía la jerarquía laboral, de abajo arriba, y donde muchas veces competía en altura la torre de la iglesia con la chimenea de la fábrica", explica Martí.
Con el tiempo las duras condiciones de trabajo del comienzo -en 1911 se trabajaba 66 horas semanales- mejoraron y tras la Guerra Civil las colonias vivieron su mejor época. "El aumento frenético de la producción atrajo a miles de personas procedentes de toda España. Llegaron a trasladarse pueblos enteros en busca de mejores condiciones de vida", asegura Martí. Esto terminó cuando la crisis del petróleo de los años setenta afectó a sectores de la industria y obligó a muchas fábricas a bajar la persiana y a los colonos a buscar nuevas posibilidades de empleo.
El fin de este modelo utópico basado en el control del dueño, que a la vez velaba por sus empleados de una manera paternalista, dio comienzo a un proceso de fragmentación de la propiedad: las viviendas se vendieron a los antiguos trabajadores y los espacios públicos y otros edificios pasaron, poco a poco, a manos de los ayuntamientos. "No ha sido fácil el encaje, ya que las colonias no fueron ni pueblos ni ciudades, fueron mundos cerrados que vivieron de espaldas a los municipios donde estaban situadas y que se regían por leyes diferentes", afirman los comisarios. "La división de la propiedad ha comportado que haya sido casi imposible crear planes de actuación y ha llevado al abandono y la desaparición de muchas", aseguran.
Sin embargo, la celebración de los "150 años de las colonias" en 2005 marcó un punto de inflexión. Desde entones las colonias han empezado a verse como núcleos con un importante patrimonio arquitectónico que conservar y como lugares idóneos para crear nuevos espacios de residencia, de actividad productiva y turística, y "para preservar la memoria histórica".
En 2006, la consejería de Obras Públicas encargó la redacción de los planes directores para las colonias del Llobregat y Ter-Freser. El del Llobregat, que afecta a 18 colonias y 9 municipios, se aprobó en el año 2007, con la intención de invertir 3 millones de euros en rehabilitarlas y proteger el entorno natural que las rodea. Mientras, el del Ter, que afecta a 30 colonias y 20 municipios, está en fase de redacción. A su vez, el Consorci del Parc Fluvial del Llobregat, creado en 2003, coordina las actividades de 18 colonias y gestiona la visita a cinco espacios musealizados, entre ellos la Torre de l'Amo de Viladomiu Nou (desde 2008) y la iglesia de Cal Pons, "la catedral del Alt Llobregat", desde abril pasado.
El sector inmobiliario también ha puesto sus ojos en el patrimonio industrial. La tejana Hines compró en 2006 la colonia Vidal de Puig-Reig por 15 millones a la familia Vidal con la intención de rehabilitar y construir un centenar de apartamentos y un hotel de lujo, un proyecto que la crisis ha ralentizado. Por su parte, el Incasol reformará las viviendas de la colonia Sedó de Esparreguera.
Las colonias ya no son recintos cerrados, son barrios separados de los núcleos de población donde nacieron. "Lugares en transformación que han de superar problemas como la mejora de los servicios, la accesibilidad, el transporte y la reutilización de los espacios industriales", concluyen Enrech y Martí.

lunes, 25 de enero de 2010

Bauhaus para todos

La escuela Bauhaus se identifica a menudo con la costumbre de construir edificios rectangulares y amueblarlos con buen gusto. Sin embargo, 90 años después de que la fundara Walter Gropius, una institución educativa casi centenaria que apenas subsistió tres lustros, todavía mantiene un halo intacto de revuelta y de modernidad radical. La gran exposición Modelo Bauhaus, inaugurada estos días en el Martin-Groupius-Bau de Berlín, presenta más de 1.000 objetos originales de aquellos 14 años entre 1919 y 1933. Muebles y demás menaje, maquetas de edificios, vestidos, dibujos, pinturas o fotografías atestiguan el entusiasmo creativo de los alumnos y los profesores de la escuela. Su enorme disparidad desmiente que existiera algo así como un "estilo Bauhaus", e incita a reflexionar sobre las aspiraciones y los logros de ese proyecto utópico. La codirectora de la exposición, Ulrike Bestgen, destaca las paradojas de la escuela Bauhaus. Pretendían democratizar las artes, pero hoy sus objetos son carísimas piezas de coleccionista. Trataban de "mejorar la vida" de todos, pero la escuela nunca abandonó un elitismo despreciado por la mayoría de sus contemporáneos. Su modelo, el trabajo comunitario y anónimo de los gremios de construcción medievales (las bauhütten), no impidió el aplauso público a los miembros más prominentes, como Gropius o Ludwig Mies van der Rohe. Ni siquiera la aureola de campeona antinazi queda intacta: algunos colaboraron con el régimen, Fritz Ertl, fue oficial de la SS y arquitecto del campo de exterminio de Auschwitz. Para Bestgen, la Bauhaus son "muchas Bauhäuser".
Sin duda, un factor del mito popular es su accidentada historia. La victoria local de la ultraderecha la obligó a abandonar Weimar en 1925 y, de las muchas ciudades que se ofrecieron para albergarla, Gropius eligió Dessau: el Silicon Valley de su tiempo, donde Junkers fabricaba sus aeroplanos. El gobierno municipal encargó a Gropius un nuevo edificio para su escuela. En la Bauhaus de Dessau, una construcción de techo plano y enormes cristaleras, la academia vivió sus años dorados. Los nazis los expulsaron en 1932. Ya en Berlín, la Bauhaus sobrevivió hasta la victoria de Adolf Hitler en 1933. La dispersión de maestros y alumnos por todo el mundo sirvió para extender los métodos y las enseñanzas de la institución. Así, Hannes Meyer, comunista convencido, marchó a la Unión Soviética, que tuvo que abandonar por México en pleno terror estalinista. Los otros dos ex directores, Mies van der Rohe y Walter Gropius, emigraron a Estados Unidos. Allí triunfaron como arquitectos.
Precisamente la arquitectura asociada a la Bauhaus alimentó la reputación de su formalismo y frialdad racional. La exposición berlinesa demuestra que es un equívoco. Para empezar, con la policromada Torre del Fuego, obra del docente y estudioso de los colores Johannes Itten. El círculo cromático que diseñó Itten ha servido para ordenar cronológicamente los diferentes espacios de la exposición.
Itten era vegetariano y andaba en una especie de túnica o bata. Resulta la antítesis del atildado Gropius, que admiraba la arquitectura industrial estadounidense y la comparaba con las pirámides de Egipto. Al pasar de una sala a otra, el visitante se topa con estas contradicciones, con diversos estilos, muchos colores y con los más diversos utensilios. Algunos son hoy paradigma de elegancia en medio mundo. El mobiliario de la Bauhaus tampoco se limitó a las celebérrimas y hoy prohibitivas sillas tubulares o a los sofás modelo Barcelona de Mies van der Rohe. Puede verse en un lugar prominente la Silla Africana de Marcel Breuer y Günta Stölzl, hecha de bambú, seda, cáñamo y algodón, cuyo aspecto difiere tanto del sillón B3 de Breuer como podría diferir del trono imperial de la China.
Se asombrará el visitante de que atribuyan el lema "menos es más" a Mies van der Rohe, que entre 1930 y 1933 dirigió una escuela donde cabían tanto los juegos dadaístas de Herbert Bayer como los experimentos de índole práctica con formas, colores y materiales.

viernes, 15 de enero de 2010

Agua y saneamiento en la antigua Roma

Video de la Open University que nos ofrece una explicación de como gestionaban los romanos el agua en sus ciudades y, aunque está en inglés e entiende más o menos fácil...

miércoles, 30 de diciembre de 2009

SÁHARA INSÓLITO

Una excepcional visión aérea del Fezzán, una remota región de Libia donde antiguas sociedades florecieron y languidecieron con las lluvias.


Un viento antiguo sopla desde las profundidades del tiempo. El Sahara puede parecernos un infierno perpetuo de dunas y cielo azul. Nos deslumbran sus paisajes, pero no advertimos que es uno de los grandes lugares donde ha quedado registrada la historia de la Tierra. Aquí pervive el pasado y nos habla desde la arena, la piedra, el calor, el viento seco. Susurra la historia de repetidos cambios climáticos y del avance y la retirada de la población humana.
David Mattingly dirige un equipo de investigadores del Proyecto de Migraciones en el De­­sierto, cuyo trabajo nos remonta a la prehistoria. Son viajeros en el tiempo, que utilizan todoterrenos para recorrer el Sahara en busca de rastros de nuestros antepasados. Con neumáticos especiales ligeramente deshinchados para mejorar la tracción, conquistan dunas de hasta 30 metros de altura. Han ideado una forma completamente nueva de ver el desierto.......


Por Charles Bowden

Fotografías de George Steinmetz
National geographic

jueves, 12 de noviembre de 2009

150 años del Plan Cerdà en Barcelona

Barcelona celebra durante todo este año y hasta junio de 2010 el 150 aniversario del Ensanche, el plan de Ildefonso Cerdà que amplíó la ciudad y le dio proyección de futuro. La figura de Cerdà ha crecido con el tiempo sobre todo si se compara su obra con la degradación urbanística que viven muchos municipios.

150 años del Plan Cerdà


jueves, 5 de noviembre de 2009

Barcelona conmemora el 150 aniversario del Plan Cerdà

Cuando se cumplen 150 años de la aprobación del Plan de Reforma y Ensanche de Barcelona, el "Manhattan" de la capital catalana, ideado por el ingeniero Ildefons Cerdà, se inaugura en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) la exposición «Cerdà y la Barcelona del futuro. Realidad vs. Proyecto» que reflexiona y revisa este monumental proyecto urbanístico.
Pocas ciudades tienen una forma urbana potente y ordenada que las identifique. Barcelona, como Nueva York, Roma o París, goza de esta característica. En Barcelona, el Ensanche es la pieza clave de su forma urbis”. Esto no es fruto de la imposición desde un poder absoluto, sino de la voluntad de la ciudad y de sus operadores de seguir el valioso proyecto propuesto por Ildefons Cerdà.

Plan_de_Reforma_y_Ensanche_de_Barcelona

http://www.scalae.net/noticia/barcelona-conmemorara-el-150-aniversario-del-plan-cerda

martes, 27 de octubre de 2009

La sequía y la deforestación estuvieron detrás de la caída de los mayas.

Al igual que muchas culturas que vivieron antes o después de ellos, los mayas terminaron deforestando y destruyendo su paisaje. ¿Hemos aprendido algo desde entonces?

domingo, 25 de octubre de 2009

Historia del urbanismo en comic

En el blog "tangenciasuno", se nos acerca el conocimineto de la historia del urbanismo, desde la óptica que plantean Uderzo y Goscinny, creadores de Astérix y Obélix. ¡¡Impresionante!!


http://tangenciasuno.blogspot.com/2009/10/arquitectura-y-urbanismo-en-asterix.html


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